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Cuando algo no sale como quieren: cómo enseñar a los niños a manejar la frustración en preescolar

20 oct
10 min de lectura

“¡No puedo!”

“¡No quiero!”

“¡Me salió mal!”

“¡Quiero ganar!”


Para los niños de preescolar, situaciones que pueden parecer pequeñas para un adulto pueden provocar emociones muy intensas: perder un juego, no conseguir el color que querían, equivocarse al hacer un dibujo, tener que esperar un turno o descubrir que una torre que construyeron acaba de caerse.

Cuando esto sucede, algunos niños lloran, gritan, abandonan la actividad o incluso pueden reaccionar físicamente.


La frustración forma parte de la vida y aprender a manejarla es una habilidad que se construye poco a poco. Durante los años de preescolar, los niños todavía están desarrollando las capacidades necesarias para regular sus emociones, controlar sus impulsos y encontrar alternativas cuando algo no ocurre como esperaban.

Por eso, cuando nuestro hijo se frustra, el objetivo no debería ser conseguir que nunca se enoje o se decepcione, sino acompañarlo para que aprenda qué puede hacer con esas emociones.


¿Por qué algo tan pequeño puede provocar una reacción tan grande?


Para un adulto, que una torre de bloques se caiga puede ser simplemente una parte del juego. Para un niño que estuvo varios minutos construyéndola, puede representar una verdadera decepción. La diferencia está en que el niño todavía está aprendiendo a manejar esa emoción.


Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) señalan que, durante los años de preescolar los niños continúan desarrollando habilidades sociales y emocionales. A los 4 años, por ejemplo, muchos niños comienzan a mostrar mayor capacidad para interactuar con otros, reconocer emociones y adaptar su comportamiento a diferentes situaciones. A los 5 años, la mayoría puede seguir reglas o tomar turnos al jugar con otros niños.


Esto no significa que todos los niños se desarrollen exactamente al mismo ritmo ni que un niño deba controlar perfectamente sus emociones a determinada edad.

Significa que la regulación emocional es un proceso de desarrollo.

Por eso podemos esperar que un niño de preescolar necesite todavía la ayuda de un adulto para atravesar situaciones de frustración.


La frustración también forma parte del aprendizaje


Cuando algo no sale como queremos, tenemos dos posibilidades: abandonar o buscar otra manera. Aprender a tolerar cierta frustración permite que los niños tengan oportunidades de practicar justamente esa segunda opción.

Por ejemplo:

  • Intentar nuevamente cuando algo no funciona.

  • Pedir ayuda.

  • Cambiar de estrategia.

  • Esperar un turno.

  • Aceptar que otra persona gane.

  • Reconocer que todavía no pueden hacer algo.

  • Aprender de un error.


Esto no significa que debamos provocar deliberadamente frustraciones para “hacer fuertes” a los niños. Tampoco significa dejarlos llorando solos para que aprendan a soportarlo. Significa que no necesitamos eliminar todas las pequeñas dificultades de su camino.


Si un rompecabezas es difícil, podemos acompañarlo.

Si una construcción se cae, podemos reconocer su decepción.

Si pierde un juego, podemos ayudarlo a manejar el enojo.

Y si algo no le sale a la primera, podemos darle la oportunidad de volver a intentarlo.


¿Cómo se manifiesta la frustración en los niños de preescolar?


Cada niño puede expresar la frustración de una manera diferente.

Algunos:

  • Lloran.

  • Gritan.

  • Dicen “no puedo”.

  • Se niegan a continuar.

  • Tiran los materiales.

  • Se enojan cuando pierden.

  • Quieren abandonar inmediatamente una actividad.

  • Buscan que un adulto resuelva el problema.

  • Se irritan cuando tienen que esperar.


En ocasiones, la frustración puede convertirse en una reacción física. La American Academy of Pediatrics explica que el enojo y la frustración pueden manifestarse físicamente en los niños pequeños y recomienda intervenir para evitar que lastimen a otras personas, al mismo tiempo que se les ayuda a comprender y expresar sus sentimientos.

Por eso es importante observar qué hay detrás de la conducta.

No para justificar cualquier comportamiento, sino para comprender qué habilidad necesita aprender el niño.


No se trata de evitar que se frustre

Cuando vemos a nuestro hijo sufrir, nuestro primer impulso puede ser solucionarlo.

“Yo lo hago.”

“Déjame ayudarte.”

“Te doy otro.”

“Vamos a empezar de nuevo.”

A veces, por supuesto, necesitan nuestra ayuda.

Pero si resolvemos inmediatamente cada dificultad, podemos perder oportunidades para que practiquen algo importante: descubrir que pueden enfrentar pequeños problemas y buscar soluciones.

Esto no significa dejarlos solos frente a una dificultad que todavía no pueden manejar. Podemos acompañar sin hacer todo por ellos.

Por ejemplo:

“Veo que estás enojado porque no te sale. ¿Quieres que pensemos juntos qué podrías intentar?”

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia el papel del adulto: en lugar de convertirse en quien resuelve el problema, se convierte en quien ayuda al niño a encontrar recursos.


5 estrategias para ayudar a manejar la frustración


1. Primero ayuda a calmar; después ayuda a resolver

Cuando un niño está muy alterado, probablemente no sea el mejor momento para darle una explicación larga.

Primero necesita recuperar cierta calma.


Podemos hablar con voz tranquila:

“Veo que estás muy enojado.”

“Estoy aquí.”

“Vamos a respirar y después vemos qué podemos hacer.”


La AAP recomienda estrategias de orientación emocional que comienzan por observar y nombrar lo que el niño está sintiendo y ayudarlo a recuperar la calma.

Cuando la emoción ha disminuido, será mucho más sencillo conversar sobre lo ocurrido.


2. Pon nombre a lo que está sintiendo

Los niños necesitan aprender palabras para expresar sus experiencias internas.

Puedes decir:

“Estás frustrado porque no salió como querías.”

“Te dio mucho coraje perder.”

“Estás triste porque se cayó tu construcción.”

“Querías hacerlo tú solo y no salió.”


No necesitamos acertar perfectamente en lo que siente.

Podemos preguntar:

“¿Estás enojado o estás triste?”

“¿Te frustró que no funcionara?”

Con el tiempo, disponer de un vocabulario emocional más amplio puede ayudar al niño a comunicar lo que necesita sin depender únicamente del llanto o la conducta.


3. Ayúdalo a encontrar otra estrategia

Cuando un niño dice “¡no puedo!”, podemos evitar responder inmediatamente “sí puedes”.

En su lugar, podemos ayudarlo a dividir el problema:

“¿Qué parte sí puedes hacer?”

“¿Quieres intentarlo de otra manera?”

“¿Qué podríamos cambiar?”

“¿Quieres que te enseñe una vez y después lo intentas tú?”

La intención es que poco a poco descubra que un problema puede tener más de una solución.


4. Practiquen cuando esté tranquilo

No necesitamos esperar al momento de una gran frustración para hablar sobre ella. Podemos practicar mediante juegos y situaciones cotidianas.

Por ejemplo, mientras juegan:

“¿Qué hacemos si perdemos?”

“¿Qué podemos decir cuando algo no nos sale?”

“¿Qué podemos hacer si nos enojamos?”


También pueden representar situaciones con muñecos:

“Este personaje perdió y está muy enojado. ¿Qué podría hacer?”

El juego permite practicar habilidades sin que el niño esté atravesando la emoción real en ese momento.


5. Reconoce el esfuerzo, no solamente el resultado

Cuando un niño consigue algo, es natural decir:

“¡Qué bien! ¡Ganaste!”

Pero también podemos reconocer el proceso:

“Vi que te equivocaste y volviste a intentarlo.”

“Te costó mucho y seguiste trabajando.”

“Te enojaste, pero pudiste pedir ayuda.”

“Encontraste otra manera de hacerlo.”

Esto ayuda a poner el foco en habilidades que serán útiles incluso cuando el resultado no sea el esperado.


¿Qué decir cuando mi hijo pierde un juego?

Perder puede ser especialmente difícil para algunos niños.

En lugar de intentar evitar que se sienta mal, podemos acompañarlo:

“Sé que querías ganar.”

“Es difícil perder cuando querías que ganara tu equipo.”

“Puedes estar enojado. Vamos a calmarnos.”

Después podemos ayudarlo a reconocer que un juego puede terminar aunque no haya ganado.


Los juegos sencillos son precisamente una oportunidad para practicar turnos, reglas, espera y convivencia. Los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos) incluyen seguir reglas y tomar turnos durante los juegos entre los indicadores sociales y emocionales que la mayoría de los niños alcanza alrededor de los 5 años.

El objetivo no es que nunca se moleste al perder.

Es que poco a poco pueda aprender:

“No me gustó perder, pero puedo manejarlo.”


Frases que ayudan y frases que conviene evitar


Cuando estamos cansados, podemos responder automáticamente.

Sin embargo, algunas expresiones pueden cerrar la conversación:

  • “No es para tanto.”

  • “Deja de llorar.”

  • “Si sigues así, no juegas.”

  • “Mira, tu hermano sí puede.”

  • “Los niños grandes no hacen berrinches.”

  • “Te lo dije.”


Podemos sustituirlas por mensajes más concretos:

  • “Sé que te frustró.”

  • “No salió como esperabas.”

  • “Estoy aquí para ayudarte a calmarte.”

  • “Vamos a pensar qué puedes hacer.”

  • “Puedes estar enojado, pero no puedes pegar.”

  • “Cuando estés listo, podemos intentarlo nuevamente.”

La diferencia no está en permitir cualquier conducta, sino en reconocer la emoción mientras mantenemos el límite.


Validar la emoción no significa permitir cualquier conducta


Este punto es especialmente importante.

Si un niño está frustrado, podemos aceptar que esté enojado.

Pero eso no significa permitir que:

  • Golpee.

  • Muerda.

  • Empuje.

  • Rompa objetos.

  • Lastime a otro niño.


Podemos decir:

“Entiendo que estás muy enojado. No voy a dejar que pegues.”


La AAP recomienda poner límites claros cuando la frustración o el enojo se vuelven físicos y ayudar al niño a encontrar maneras más pacíficas de expresar lo que siente.

El mensaje es:

“Tu emoción es válida. Lastimar no es una opción.”


El juego: un laboratorio para aprender a frustrarse


El juego ofrece innumerables oportunidades para practicar estas habilidades.

Un juego de memoria puede enseñar a esperar.

Un rompecabezas puede enseñar a intentar nuevamente.

Una construcción puede enseñar que algunas cosas se caen y pueden reconstruirse.

Un juego de mesa puede enseñar que no siempre se gana.

Un juego en equipo puede enseñar a negociar y escuchar.

Y el juego imaginativo permite representar situaciones que generan emociones.

Por eso, cuando un niño se frustra mientras juega, no necesariamente necesitamos terminar inmediatamente la actividad.

Podemos acompañarlo:

“Estás enojado porque no funcionó. ¿Quieres descansar un momento o quieres probar otra forma?”

Así aprende que puede hacer una pausa, pedir ayuda y volver a intentarlo.


¿Cómo podemos ayudar desde casa?


La tolerancia a la frustración no se desarrolla únicamente durante actividades estructuradas.

También puede practicarse en la vida cotidiana.

Podemos involucrar a los niños en pequeñas tareas apropiadas para su edad:

  • Guardar sus juguetes.

  • Ayudar a poner la mesa.

  • Intentar ponerse alguna prenda.

  • Resolver un rompecabezas.

  • Preparar una receta sencilla.

  • Construir con bloques.

  • Elegir entre dos opciones.


En algunas de estas actividades aparecerán dificultades.

Y ahí está precisamente la oportunidad de acompañarlos.

En lugar de intervenir inmediatamente, podemos preguntar:

“¿Quieres intentar tú primero?”

“¿Qué crees que podríamos hacer?”

“¿Necesitas una pista o necesitas que te ayude?”

La idea es encontrar un equilibrio entre acompañar y permitir autonomía.


También necesitan aprender que los adultos se frustran


Los niños no solamente aprenden de lo que les decimos.

También observan cómo reaccionamos nosotros.

Si algo se rompe y gritamos, si perdemos la paciencia cuando hay tráfico o si nos enojamos cuando cometemos un error, estamos mostrando una forma de responder a la frustración.

Por supuesto, ningún adulto mantiene la calma todo el tiempo.

Lo importante también puede ser mostrar cómo reparamos:

“Me enojé y hablé demasiado fuerte. Voy a tranquilizarme y volver a intentarlo.”

De esta manera, el niño descubre que manejar la frustración no significa nunca enojarse.

Significa aprender qué hacer después de que aparece el enojo.


Cuando la frustración afecta la convivencia


En el preescolar, la frustración aparece muchas veces en relación con otras personas. Un niño puede enojarse porque otro tomó el juguete que quería, porque perdió un juego o porque un compañero no quiso seguir sus reglas.


La AAP recomienda ayudar a los niños a poner en palabras sus sentimientos y deseos y enseñarles maneras sencillas de encontrar soluciones durante los conflictos.

Podemos enseñar frases como:

“Yo estaba jugando con eso.”

“Cuando termines, ¿me lo prestas?”

“Ahora estoy enojado.”

“Quiero otro turno.”

“¿Podemos jugar juntos?”

Así, la regulación emocional se conecta directamente con el respeto y la convivencia que hemos trabajado en otros artículos.


¿Cuándo conviene pedir orientación?


Las diferencias individuales entre niños son normales. Un niño puede ser más sensible a la frustración que otro y algunas situaciones pueden resultar especialmente difíciles dependiendo de su temperamento, experiencias y etapa de desarrollo.


Sin embargo, si las reacciones emocionales o conductuales son muy intensas, frecuentes o interfieren de manera importante con la vida familiar, la convivencia o la participación en la escuela, es conveniente hablar con su pediatra o con un profesional especializado en desarrollo infantil.


Los CDC recomiendan dar seguimiento a los indicadores del desarrollo y conversar con el médico cuando existen preocupaciones sobre cómo un niño juega, aprende, habla, actúa o se relaciona. Las listas de indicadores son herramientas de orientación y no sustituyen una evaluación profesional del desarrollo.


Buscar orientación no significa etiquetar al niño.

Significa obtener información para comprender mejor lo que necesita.


Aprender a frustrarse también es aprender a volver a intentarlo


Tal vez una de las ideas más importantes que podemos transmitir a nuestros hijos es que equivocarse no significa que no puedan hacerlo.

Un dibujo puede salir diferente de lo imaginado.

Una torre puede caerse.

Un juego puede perderse.

Un rompecabezas puede parecer demasiado difícil.

Y aun así, siempre podemos preguntar:

“¿Quieres intentarlo de otra manera?”


Eso no significa presionar al niño para que continúe cuando necesita descansar.

También podemos enseñarle que hacer una pausa es una estrategia válida.

“Vamos a descansar y después decidimos si quieres volver a intentarlo.”

De esta manera, el niño comienza a construir una idea muy importante:

Puedo sentirme frustrado y aun así encontrar una manera de seguir adelante.


Conclusión: no se trata de evitar la frustración, sino de aprender a manejarla


La frustración forma parte de la infancia y de la vida. No podemos evitar que nuestros hijos pierdan, se equivoquen, esperen o descubran que algunas cosas requieren varios intentos. Tampoco es necesario hacerlo. Lo que sí podemos hacer es acompañarlos mientras aprenden a manejar esas experiencias.


Podemos poner nombre a sus emociones, establecer límites cuando sea necesario, ofrecerles herramientas para resolver problemas y darles oportunidades para practicar.

Y, sobre todo, podemos recordar que un niño que se frustra no necesariamente necesita que resolvamos el problema por él; muchas veces necesita un adulto que le ayude a descubrir que puede atravesar la dificultad.


La próxima vez que escuches “¡no puedo!”, quizá puedas responder:

“Sé que es difícil. Estoy contigo. Pensemos qué puedes intentar.”

Porque aprender a manejar la frustración no significa dejar de sentirla.

Significa descubrir, poco a poco, que podemos sentirnos enojados, tristes o decepcionados y aun así aprender, pedir ayuda, intentar nuevamente y continuar.


Si este artículo te resultó útil, compártelo con otras familias que estén acompañando a sus hijos durante esta etapa. Y cuéntanos: ¿qué situaciones suelen generar mayor frustración en tu hijo y qué estrategias les han ayudado a manejarlas?


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